Las promesas infalibles de Dios | Octavius Winslow

Haré con vosotros pacto eterno, las misericordias firmes a David.
ISAÍAS 55:3

Dios había prometido a David que se sentaría en el trono de sus padres, que el reino de Israel, arrebatado a Saúl, sería transferido a su gobierno. Pero la corona y el cetro así prometidos se vislumbraban en la distancia, casi ocultos a la vista por oscuras nubes intermedias. La promesa parecía letra muerta. La providencia de Dios parecía chocar y contradecir la promesa de Dios. Pero, en la historia de Su Iglesia, las providencias del gobierno divino no son los exponentes de las promesas del Gobernador Divino. No es tanto por lo que Dios hace, como por lo que Dios ha dicho, por lo que ha de ser juzgado. Cristiano doliente, en las promesas divinas tienes la misma propiedad. Son tan tuyas como lo fueron de David, de cuyas «misericordias firmes» eres poseedor. Estas promesas son sumamente grandes y preciosas en su naturaleza, son personales y particulares en su aplicación, son absolutas e infalibles en su cumplimiento. La muerte puede parecer escrita sobre la promesa, y sobre todos los medios que conducen a su cumplimiento, pero hay una vida en la promesa que no puede morir. Observa cómo Dios escribió la sentencia de muerte sobre la promesa, como en el caso de la edad de Abraham, la esterilidad de Sara, el rapto de José, la demanda de Benjamín, el destierro de David, pero en todos los casos la palabra en la que Dios hizo esperar a esas almas expectantes se cumplió al pie de la letra, y la promesa que parecía muerta resucitó con una vida tanto más vigorosa y gloriosa por su largo y sombrío enterramiento. Es una misericordia para el creyente saber que tiene que ver con un Promotor Divino, cuya fidelidad ha sido probada, y con una promesa cuyo poder ha sido probado. No hay una promesa con la que el Espíritu Santo el Consolador busque apoyarlo y consolarlo, sino que ha pasado por el crisol, y ha sido «probada como se prueba la plata». «La palabra del Señor es probada». Y si es un pecado temible dudar de lo que Dios ha declarado, es un agravante diez veces mayor de ese pecado no creer cuando mil veces ha cumplido lo que ha prometido y cuando una gran nube de testigos testifica que nunca ha falsificado Su palabra.

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