La realidad de la oración abandonada | Octavius Winslow

Fíate de Jehová de todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia. Reconócelo en todos tus caminos, y él enderezará tus veredas.
PROVERBIOS 3:5-6

El ejercicio constante de la oración aligera toda carga y suaviza cada paso escabroso de un hijo de Dios. Es esto lo único que reduce sus pruebas; no es que esté exento de ellas. No, es «a través de mucha tribulación que ha de entrar en el reino». Es un discípulo de la cruz, su religión es la de la cruz, es un seguidor de Aquel que murió en la cruz, y nunca espera la exención total de la cruz hasta que pase a la posesión de la corona. Pero puede orar por sus cruces: la oración disminuirá su número y mitigará su severidad. El hombre cuyo camino está alejado de Dios, cuya condición está fría, mundana y descuidada, si es un verdadero hijo del pacto, uno de la familia del Señor, puede esperar que las cruces y las pruebas aumenten a cada paso que da hacia el reino. Ah, muchos de los creyentes probados, afligidos y constantemente desilusionados no piensan cuán estrechamente relacionadas están estas mismas pruebas, aflicciones y desilusiones, con su apartamiento de la oración ante Dios. Cada paso parece estar acompañado de una nueva cruz, cada plan es destruido por algún viento adverso, cada esfuerzo es frustrado, la desilusión sigue a la desilusión, la ola sigue a la ola, nada de lo que intentan prospera, todo lo que emprenden fracasa, y todo parece estar en su contra. Oh, si pudiéramos pasar detrás de la escena, ¿qué descubriríamos? ¡Un trono de gracia abandonado! Si divulgáramos el secreto, y lo pusiéramos en forma de acusación contra el creyente, ¿cuál sería? «¡Has abandonado la oración ante Dios!» El plan fue elaborado sin oración, el cometido fue emprendida sin oración, el esfuerzo fue hecho sin oración, y Dios ha soplado sobre ello y todo ha quedado en nada. No se consultó a Dios, no se reconoció al Señor, no se pidió su permiso, no se buscó Su sabiduría, no se pidió Su bendición, y así sopló sobre todo ello. El precioso mandato es: «Reconócelo en todos tus caminos, y él enderezará tus veredas». Donde se honra esto, está la bendición divina; donde se desprecia, está la maldición divina.

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