El beneficio del juicio de Dios al alejarse de nosotros | Timothy Rogers

“Pon, oh Jehová, temor en ellos; conozcan las naciones que no son sino hombres” (Sal. 9:20). Cuando nuestro pecado cayó sobre nosotros como un valiente que grita excitado del vino, ciertamente el recuerdo de ese horror doloroso y aflictivo, nos guardará para que no nos atrevamos a dormir en el pecado, ni seamos más inadvertidos y presuntuosos para siempre. No hay duda de que esto apagará todos los deseos irregulares y nos hará desear solamente a ese Dios, cuyo favor tanto necesitamos. Esto indudablemente nos ha mostrado cuán grande es nuestra debilidad y nuestra insensatez, y cuán bajo nos hundimos cuando nos ha dejado. Esto nos hará ser humildes y nos hará caminar sensiblemente todos nuestros días, recordando que no somos cada hora más de lo que Dios nos hace ser. Si nos deja solo por un poco de tiempo, ¿dónde estaremos? Nosotros, que hemos probado tanto de Su desagrado, tenemos motivo para alegrarnos con temblor. Cada recuerdo de ese tiempo lastimoso debe ser para nosotros un nuevo motivo para la obediencia y un poderoso freno al pecado. “Él nos castiga para nuestro beneficio, para que podamos ser partícipes de Su santidad” (He. 12:10). ¡Oh, qué abundancia de necedad debe haberse alojado en nuestros corazones, de modo que Dios se viera obligado a usar un método tan fuerte y severo para eliminarlo! ¡Cuán aturdidos estábamos, que nada más podía despertarnos! ¡Qué enfermos, que nada más que una medicina tan amarga podía promover nuestra cura! ¡Qué grande era nuestro orgullo, que se vio obligado a derribarlo con un golpe tan violento! “… que te hizo caminar por un desierto grande y espantoso, lleno de serpientes ardientes, y de escorpiones, y de sed, donde no había agua, y él te sacó agua de la roca del pedernal; que te sustentó con maná en el desierto, comida que tus padres no habían conocido, afligiéndote y probándote, para a la postre hacerte bien…” (Dt. 8.:5-16). De ahí que Pablo tuviera un aguijón en la carne (cf. 2Co. 12:7).

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