Parábola de los árboles y el hacha | Thomas Brooks

Los árboles del bosque —dice uno en una parábola— tuvieron una junta solemne, en la que abordaron las innumerables injusticias que el hacha les había hecho. Por lo tanto, tomaron medidas en que ningún árbol le prestara al hacha de aquí en adelante un cabo, bajo pena de ser cortado. La cabeza del hacha subía y bajaba por el bosque, mendigando madera de cedro, roble, fresno, olmo e incluso álamo; pero nadie le prestaba ni un trozo. Al final solo pidió lo necesario para poder cortar las zarzas y los arbustos, alegando que tales arbustos no hacían más que succionar la esencia de la tierra, de modo que obstaculizaban el crecimiento y oscurecían la gloria de los hermosos y bonitos árboles. En estos términos, todos los árboles acordaron darle lo necesario. La cabeza del hacha pretendió una reforma completa, pero he aquí una triste deformación, pues cuando obtuvo su cabo o mango, el cedro, el roble, el fresno, el olmo y todo lo que se ponía en su camino fue derrumbado. Tales son las sutiles extensiones del pecado; promete eliminar las zarzas de las aflicciones y turbaciones que obstaculizan el alma de esa esencia —la dulzura, el consuelo, el deleite y el contentamiento que de otra manera podría disfrutarse—, pero cede en ese momento un poco al pecado, y en vez de cortar sus aflicciones, cortará su paz, sus esperanzas, sus consuelos e incluso cortará sus preciosas almas. ¿Qué es el curso de la vena al sangramiento del cuello o el rasguño sobre la mano a la puñalada en el corazón? No más son las aflicciones más grandes a los pecados más pequeños. Por lo tanto, cristianos, nunca usen los cambios pecaminosos para librarse de sus aflicciones, sino más bien enmudezcan y guarden silencio bajo ellas, hasta que el Señor los libere.

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