La indignidad de pecar para librarse de las aflicciones 2 | Thomas Brooks

He leído de Marcus Arethusus, un eminente siervo del Señor en la obra del evangelio, que en el tiempo de Constantino había sido la causa de que se derribara un templo de ídolos, pero Juliano, que llegó a ser emperador, ordenó a la gente de ese lugar que lo reconstruyera. Todos estaban dispuestos a hacerlo, pero él se negó. Entonces su propio pueblo, a quien había predicado, se abalanzó sobre él, lo despojaron de toda su ropa, abusaron de su cuerpo desnudo y fue entregado a los niños y a los escolares para que lo hirieran con sus navajas. Y cuando todo esto no le hizo cambiar de opinión, lo ataron, derramando miel sobre todas las partes de su cuerpo desnudo, para que fuera mordido y picado hasta morir por las moscas y avispas, mientras se cocinaba bajo el sol. ¡Toda esta crueldad ejercieron sobre él porque no quiso dar nada para la reconstrucción de ese templo de ídolos! Es más, fueron a tal punto que, si solamente daba medio penique para el templo, lo soltarían. Pero lo rechazó con un noble desdén cristiano, aunque haber dado medio penique podría haberle salvado la vida. Y al proceder de esa manera, no hizo más que vivir de acuerdo con ese noble principio que muchos encomian, pero que pocos practican, a saber: que los cristianos deben escoger sufrir el peor de los tormentos antes que cometer el menor de los pecados, por los cuales Dios es deshonrado, Su nombre blasfemado, la verdadera religión reprochada, la profesión despreciada, los santos débiles desanimados, las conciencias de los hombres heridas y sus almas puestas en peligro.

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