La bendita reconciliación | Octavius Winslow

Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo.
2 CORINTIOS 5:19

La gran gloria de nuestro Emanuel es Su gloria esencial. Cuando nuestra fe puede captar firmemente la Deidad de nuestro adorable Señor ―y que nunca vacile en esta preciosa doctrina―, hay una correspondiente confianza y reposo de la mente en cada particular de Su obra sacrificial. Entonces hablamos de Él como un Mediador, y nos encanta verlo como el grandioso Cargador del Pecado de Su pueblo. En vano admiramos Su justicia, o ensalzamos Su muerte, si no lo miramos en la gloria que le pertenece como Dios esencial. De esta verdad, como de una fuente de luz, brota la gloria que derrama Su suave halo alrededor de Su obra expiatoria. Oh, cuando, en la proximidad de la muerte, la memoria nos recuerda el pasado, y el pecado en su batalla pasa ante nuestros ojos, y pensamos en el Señor Dios, el Santo, en cuya terrible presencia estamos a punto de entrar, ¡cómo se hundirá cualquier otro apoyo excepto este! Y, cuando el Espíritu Santo glorifique entonces a Cristo en Su gloria esencial, testificando que la sangre y la justicia ―la gran confianza del alma― son del Dios encarnado, nos elevaremos por encima del temor, sonreiremos a la muerte, y pasaremos en paz y triunfo a la gloria. Sí, lector, cuando lleguemos a la muerte no nos satisfará nada que no sea la Deidad absoluta. Y, en la medida en que encuentres esta gran verdad como sustancia de tu vida, la experimentarás como soporte de tu muerte.

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