El pecado de los que no enmudecen bajo la mano aflictiva de Dios 2 | Thomas Brooks

He leído de un tal Sir William Champney, en el reinado del Rey Enrique III, que vivió una vez en Tower Street en Londres, que fue el primer hombre que construyó una torrecilla en la parte superior de su casa para poder mirar mejor a todos sus vecinos. Pero sucedió que no mucho después quedó ciego, de modo que aquel que no podía estar satisfecho con ver como otros veían, sino que quería ver más que los demás, no veía nada en absoluto por el justo juicio de Dios sobre él. Y de la misma manera es algo justo y recto que Dios golpee con ceguera espiritual a aquellos que no se satisfacen con ver las razones establecidas en la palabra por las cuales Dios los aflige, sino que deben estar curiosamente husmeando y escudriñando las razones ocultas y más secretas de Su severidad hacia ellos. ¡Ah, cristiano! Es tu sabiduría y deber guardar silencio y enmudecer bajo la mano aflictiva de Dios por las razones reveladas, sin hacer alguna indagación curiosa sobre esas razones más secretas que están encerradas en el gabinete dorado del propio pecho de Dios (cf. Dt. 29:29).

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