El pecado de los que no enmudecen bajo la mano aflictiva de Dios 1 | Thomas Brooks

Los hombres piadosos a veces chocan sus pies contra esta piedra de tropiezo: «¿Por qué fue perpetuo mi dolor, y mi herida desahuciada no admitió curación?» (Jer. 15:18). Aunque Dios siempre tiene una razón para lo que hace, no está obligado a mostrarnos las razones de sus acciones. La pasión de Jeremías estaba encendida y su sangre caliente, y entonces nada lo silenciaría ni lo satisfaría sino las razones por las cuales su dolor era perpetuo y su herida incurable. Así mismo Job: «¿Por qué me pones por blanco tuyo, hasta convertirme en una carga para mí mismo?» (Job 7:20). Es algo malo y peligroso poner reparos o cuestionar los procedimientos de Dios, quien es el Señor principal de todo y que puede hacer con los suyos lo que Él quiera (cf. Ro. 9:20; Dn. 4:3, 36).

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