Anhelen el cielo | Timothy Rogers

Los buenos cristianos tienen una gran razón para dejar el mundo y morir cuando Dios se complace en llamarlos. Es un mundo de miseria, de penas y de vejaciones. No debemos amar nuestras cadenas, ni deleitarnos en las lágrimas, ni abrazar nuestras penas. Sin embargo, recuerda que dejaremos todas estas cosas problemáticas atrás, cuando vengamos a acostarnos en la tranquila tumba. “Allí los impíos dejan de perturbar, y allí descansan los de agotadas fuerzas” (Job 3:17). Ciertamente no estimamos que esta tierra extraña sea mejor que la casa de nuestro Padre; no creemos que el valle de lágrimas sea mejor que las alegrías del cielo. A ese cielo, entonces, levantemos a menudo nuestros ojos llorosos con la esperanza de que eso consuele nuestros corazones tristes y afligidos. Allí nos apresuramos y allí anhelamos estar. A ese cielo dirijamos nuestras afligidas y cansadas almas. Aspiremos tras ese paraíso en el que no seremos molestado con el veneno fatal de la Serpiente, y donde no crecen espinas o zarzas. No nos encariñemos con una tormenta perpetua, ni seamos tan necios como para pensar que nuestros suspiros son mejores que las alabanzas y los aleluyas. Librémonos de nuestros deseos por este mundo enfermo que, por su baja situación, es propenso a sufrir una inundación de innumerables miserias. Y preparémonos para ese mundo donde hay salud y gozo eternos.

 

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